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Las características generales de la dictadura totalitaria (1954)

Carl Friedrich y Zbnigniew Brezezinski

Los regímenes totalitarios son autocracias. Cuando se dice de ellos que son tiranías, despotismos o absolutismos se denuncia el rasgo fundamental de tales regímenes, porque todas estas palabras tienen un fuerte matiz despectivo. Cuando se autodenominan “democracias”, que califican con el adjetivo de “populares”, no contradicen estas acusaciones, salvo en que tratan de sugerir que son buenos o dignos de encomio. Si se examina el significado que los totalitaristas adjudican a la expresión “democracia popular”, se verá que con ello denotan un tipo de autocracia. Los líderes del pueblo, identificados con los líderes del partido gobernante, tienen la última palabra. Sus resoluciones, una vez decididas y aclamadas en una reunión del partido, tienen carácter definitivo. Trátese de una norma, de una opinión, de una medida o de cualquier otro acto de gobierno, ello son el autokrator, el dirigente que sólo depende de sí mismo.

La dictadura totalitaria es, en cierto sentido, la adaptación de la autocracia a la sociedad industrial del siglo XX.

Así pues, por lo que hace a su característica falta de responsabilidad ante otras instancias, la dictadura totalitaria se parece a formas más antiguas de autocracia. Pero, según nuestra opinión, la dictadura totalitaria constituye, históricamente, una innovación y es sui generis. Hemos llegado asimismo a la conclusión de que las dictaduras totalitarias fascistas y comunistas se asemejan o, en todo caso, se parecen más entre sí que a cualquier otro sistema de gobierno, incluidas las fórmulas más antiguas de autocracia. Estas dos tesis se vinculan estrechamente y deben ser examinadas conjuntamente. Se vinculan también con una tercera, la de que la forma acabaría adoptando la dictadura totalitaria en la realidad no se corresponden exactamente con las intenciones de quienes la crearon –Mussolini hablaba de ella, aunque dándole un sentido distinto- sino que ha sido el resultado de las condiciones políticas en que se encontraron los democráticos y sus dirigentes. Antes de examinar estas proposiciones es preciso considerar una teoría muy difundida acerca del totalitarismo.

Se trata de una teoría que gira en torno a los esfuerzos del régimen por remodelar y transformar a los seres humanos bajo su control a una imagen de su ideología. Como tal, se la puede considerar una teoría ideológica o antropológica del totalitarismo.

Sostiene que la “esencia” del totalitarismo debe buscarse en el control total que ese régimen ejerce sobre la vida diaria de sus ciudadanos; más concretamente, del control que ejerce no sólo sobre sus actividades, sino también sobre sus pensamientos y actitudes. “El criterio particular del gobierno totalitario es la violación rastrera del hombre mediante la perversión de sus pensamientos y de su vida social”, ha escrito unos de los mayores exponentes de esta opinión. “El gobierno totalitario –añadía- es la idea, convertida en acción política, de que el mundo y la vida social son ilimitadamente transformables”. En comparación con esta “esencia”, la organización y los métodos, se afirma, son criterios de importancia secundaria. Hay que poner una serie de objeciones a esa teoría. La primera es puramente pragmática. En tanto se trate de lograr un control total, la intención de los totalitarismos está ciertamente destinada al fracaso: es imposible alcanzar tal control, ni siquiera sobre los afiliados y cuadros del propio partido, y mucho menos sobre la población en general. Los procedimientos generados por este deseo de control total, esta “pasión por la unanimidad” como la denominaremos mas adelante en este análisis, son altamente significativos, han evolucionado a lo largo del tiempo y han variado grandemente en las distintas etapas. Tal vez hayan sido los comunistas chinos los que, con sus métodos de control del pensamiento, los hayan llevado más lejos, pero también fueron diferentes bajo Lenin y Stalin, bajo Hitler y Mussolini. Aparte de esta objeción pragmática, sin embargo, surge también una de índole completamente comparativa e histórica, porque tal preocupación de cariz ideológico por el hombre total, tal intención de control completo, también ha caracterizado a otros regímenes del pasado, especialmente los teocráticos, como los de puritanos y musulmanes. También ha encontrado expresión en algunos de los más elevados sistemas filosóficos, sobre todo el de Platón, quien aboga, por cierto, en La República, Critón o del Estado y Las Leyes, por el control total en interés del buen orden de la comunidad política. Esto, a su vez, ha llevado a una profunda y desgraciada interpretación totalitarista de Platón: era un autoritario, favorable a la autocracia de los sabios. La confusión ha ocasionado luego una mala interpretación de ciertas formas de gobierno tiránico de la antigüedad clásica, a las que se considera “totalitarias”, sobre la base de que, por ejemplo, en Esparta “la vida y la actividad de la población entera estaban continuamente sujetas a una estrecha regimentación estatal”. Finalmente, habría que definir como totalitario el orden del monasterio medieval, porque se caracterizaba por ese esquema de control total. En realidad, muchos gobiernos “primitivos” parecen también ser totalitarios, debido a su estrecho control sobre todos los participantes. La verdadera diferencia específica, la innovación de los regímenes totalitarios, es la organización y los métodos que se han desarrollado y que aplican con ayuda de los modernos artificios de la técnica con el fin de resucitar aquel control total al servicio de un movimiento de motivaciones ideológicas, cuyo objetivo es la destrucción y la reconstrucción totales de una sociedad de masas. Por eso es de desear el uso del vocablo “totalismo” para designar el fenómeno mucho más general que se acaba de reseñar, como ha propuesto recientemente un minucioso analista de los métodos chinos de control del pensamiento.

La dictadura totalitaria surge entonces como un sistema de gobierno destinado a realizar intenciones totalistas en unas condiciones políticas y técnicas modernas, como un tipo nuevo de autocracia. La declarada intención de crear el “hombre nuevo”, según muchas informaciones, ha dado resultados significativos donde el régimen ha durado lo suficiente como en Rusia. En opinión de una autoridad reconocida, “los rasgos más atractivos de los rusos, su naturalidad y candor, son los que más han sufrido”. Este autor considera que ello constituye “una transformación profunda y aparentemente permanente”, a la vez que “pasmosa”. En pocas palabras, la tendencia al control total, pese a que nunca logra tal control, produce efectos humanos altamente significativos…

Antes de abordar, sin embargo, estas características comunes, existe otra diferencia que solían poner de relieve muchos de los que deseaban “negociar” con Hitler o que admiraban a Mussolini y, por ello, argüían que, lejos de ser absolutamente iguales a la dictadura comunista, los regímenes fascistas tenían que ser considerados en realidad como formas autoritarias de gobierno constitucional. Es cierto que en la Italia fascista sobrevivieron más formas de las anteriores sociedad liberal y constitucional que en Rusia o en China comunista. El prometedor político de la Duma se redujo a nada a consecuencia de la guerra y la desintegración del zarismo, mientras que el período de Kerensky fue demasiado breve y demasiado superficial para resultar significativo para el futuro. Análogamente, en China, el Kuomintang fracasó en el desarrollo de un orden constitucional eficaz, aunque se constituyeron varios consejos; despedazada por un localismo anárquico, epitomizado en el gobierno de los señores de la guerra. En los países satélites soviéticos, en cambio, siguen funcionando diversas supervivencias del pasado no totalitario. En Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia encontramos instituciones tales como universidades, Iglesias y escuelas. Es factible que, si se estableciera una dictadura totalitaria en Gran Bretaña o en Francia, la situación fuera similar, y que allí seguirían actuando aún más instituciones de la era liberal, por lo menos durante un considerable período inicial. Es precisamente este argumento el que han anticipado algunos radicales británicos como Sydney y Beatrice Webb. La tendencia a sobrevivir de algunos fragmentos aislados del anterior estado de la sociedad ha constituido una importante fuente de interpretaciones erróneas de la sociedad totalitaria fascista, especialmente en el caso de Italia. En la década de 1920 se solía interpretar el totalitarismo alemán como una mera forma autoritaria de gobierno de la clase media, con trenes que funcionaban puntualmente y sin mendigos por las calles. En el caso de Alemania, esta interpretación errónea adoptó una forma ligeramente diferente. En los años treinta, diversos autores trataron de interpretar el totalitarismo alemán como “la fase final del capitalismo” o como un “imperialismo militarista”. Estas interpretaciones destacan la continuidad de la economía “capitalista”, cuyos líderes dominan el régimen. Los hechos, tal como los conocemos, no se corresponden con esta forma de ver el comunismo, era muy tentador definir la dictadura totalitaria de Hitler única y exclusivamente como una sociedad capitalista y, por ello, completamente opuesta a la “nueva civilización”, que estaba surgiendo en la Unión Soviética. Estas breves observaciones habrán indicado, es de esperar, por qué puede ser erróneo considerar las dictaduras totalitarias analizadas como exactamente iguales o básicamente diferentes. Por qué son básicamente semejantes es lo que queda por demostrar, y a este argumento clave pasamos ahora.

Las características o rasgos básicos comunes a las dictaduras totalitarias que sugerimos son seis. El “síndrome”, o modelo de rasgos interrelacionados, de la dictadura totalitaria se compone de una ideología, un partido único encabezado por un solo hombre, una policía terrorista, un monopolio de las comunicaciones, un monopolio de las armas y una economía de dirección centralizada. De éstos, los dos últimos se encuentran también en sistemas constitucionales: la Gran Bretaña socialista ha centralizado la dirección de la economía y todos los Estados modernos poseen el monopolio de las armas. El que estos dos elementos indiquen una “tendencia” hacia el totalitarismo es una cuestión que desarrollaremos en nuestro último capítulo. Estas seis características básicas que, a nuestro entender, constituyen el patrón o modelo distintivo de la dictadura totalitaria, forman un conjunto de rasgos que se entrelazan y apoyan mutuamente, como es habitual en los sistemas “orgánicos”. No se los debe considerar, por ende, aisladamente, ni hacer de ellos el punto focal de comparaciones del estilo “Cesar desarrolló una policía secreta terrorista, por lo tanto fue el primer dictador totalitario”, o “la Iglesia Católica aplicado el control ideológico del pensamiento, por lo tanto…”

Todas las dictaduras totalitarias poseen los siguientes rasgos:

1) Una elaborada ideología, consistente en un cuero de doctrina oficial que cubre todos los aspectos vitales de la existencia del hombre, a la cual se supone que se adhieren, por lo menos pasivamente, todos los que viven en esa sociedad; es característico que esta ideología apunte y se proyecte hacia un estado final perfecto de la humanidad: es decir, contiene una pretensión milenarista, basada en el rechazo radical de la sociedad existente y la conquista del mundo para la nueva sociedad.

2) Un partido de masas único, que suele dirigir un solo hombre, el “dictador”, integrado por un porcentaje relativamente pequeño de la población total (hasta un 10 por 100), con un núcleo activista apasionado e incuestionablemente entregado a la ideología y dispuesto a ayudar de todas las maneras posibles a promover su aceptación generalizada; dicho partido se halla organizado de manera jerárquica y oligárquica, y suele controlar la burocracia gubernamental o mantener una relación de simbiosis total con la misma.

3)Un sistema de terror, físico o psíquico, ejercido a través del control del partido y de la policía secreta, que apoya al partido pero también lo supervisa para sus líderes, y dirigido, por lo general, no sólo contra algunos “enemigos” señalables del régimen, sino contra ciertas clases de la población elegidas más o menos arbitrariamente; el terror, sea de la policía secreta o de las presiones sociales dirigidas por el partido se basa en un empleo sistemático de los métodos de la ciencia moderna y, más específicamente, de la psicología científica.

4) Un monopolio tecnológicamente condicionado y casi completo, por parte del partido y del gobierno, sobre el control de todos los medios de comunicación de masas, como la prensa, la radio y la cinematografía.

5) Un control, también condicionado tecnológicamente y casi completo, del uso efectivo de todas las armas de combate.

6) Un control y una dirección centralizados de toda la economía, a través de la coordinación burocrática de entidades corporativas antes independientes, que también suele incluir a la mayoría de las demás actividades de asociaciones o de grupos.

En buena parte de lo que antecede, se cita la tecnología moderna como una condición importantísima para la invención del modelo totalitario. Este aspecto del totalitarismo es particularmente visible en el área del armamento y las comunicaciones, pero también interviene en el terrorismo de las policías secretas, que depende de las posibilidades técnicamente avanzadas de supervisión y control del movimiento de las personas. Por otra parte, una economía de dirección centralizada presupone mecanismos de información, catalogación y cálculo que sólo puede suministrar la tecnología moderna. En suma, cuatro de las seis características están condicionadas por la tecnología. Para apreciar lo que los avances tecnológicos significan en términos de control político, piénsese sólo en el terreno de los armamentos. La Constitución de los Estados Unidos (cuarta enmienda) garantiza a cada ciudadano el derecho de portar armas. En tiempos de los Minutemen, era éste un derecho muy importante, y la libertad del ciudadano la simbolizaba una pistola sobre un corazón, como acontece todavía en la suiza de hoy en día. Pero ¿quién podrá portar armas como un tanque, un bombardero, o un lanzallamas, por no mencionar la bomba atómica? El ciudadano como individuo, incluso como miembro de grupos mayores, está simplemente indefenso frente a la abrumadora superioridad tecnológica de quienes pueden concentrar en sus manos los medios para manejar las armas modernas, y con ello coaccionar físicamente el conjunto de los ciudadanos. Observaciones similares son aplicables al teléfono y el telégrafo, la prensa, la radio y la televisión, y así sucesivamente. Con pocas excepciones, el avance tecnológico tiende hacia organizaciones de tamaño cada vez mayor. En la perspectiva de estos cuatro rasgos, por ende, las sociedades totalitarias parecen meras exageraciones, y con todo exageraciones lógicas, del nivel tecnológico de la sociedad moderna.

Ni la ideología ni el partido tienen una relación significativa con el nivel de la tecnología. Existen, por supuesto, algunas conexiones, porque la conversión de las masas que continuamente buscan la propaganda totalitaria mediante el empleo efectivo del monopolio de las comunicaciones no podría darse sin ellas. Aquí puede acotarse que los comunistas chinos, careciendo de los medios de comunicaciones de masas, echaron mano del adoctrinamiento personal en grupos pequeños, lo cual, dicho sea de paso, les dio la oportunidad de sustituir a la familia por esos grupos y transferir a ellos la tradición filial. De hecho, consideran que este proceso representa la característica clave de su democracia popular.

La ideología y el partido están condicionados por la democracia moderna. Los mismos líderes totalitarios consideran sus sistemas como la culminación de la democracia, como la verdadera democracia que reemplaza a la democracia plutocrática de la burguesía.

Desde un punto de vista más objetivo, se diría que, por comparación con la democracia constitucional, son un tipo absolutista, y por ende, autocrático, de democracia. De ahí que puedan nacer de esta última, pervirtiéndola. No se trata sólo de Hitler, Mussolini y Lenin construyeran unos partidos típicos dentro de un contexto constitucional, si no democrático, sino que, además, la relación existente entre la preponderancia de la ideología y el papel que en los partidos democráticos desempeñan las plataformas y otras maneras de fijar los objetivos ideológicos es a todas luces evidente. Seguramente los partidos totalitarios evolucionaron hasta un modelo marcadamente autoritario en respuesta a la necesidad de convertirse en instrumentos efectivos de acción revolucionaria; pero, al mismo tiempo, sus dirigentes, empezando por Marx y Engels, se consideraban como la vanguardia del movimiento democrático de su época, y Stalin habló siempre de la sociedad totalitaria soviética como de la “democracia perfecta”; Hitler y Mussolini hicieron declaraciones parecidas. Tanto en la fraternidad universal del proletariado como con la comunidad nacional se aspiraba a reemplazar las divisiones clasistas de las sociedades pasadas por una armonía total: la sociedad sin clases de la tradición socialista.

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