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Ya estoy acostumbrada a que desde mi piso catorce cualquier vientecito parezca un huracán categoría cinco. Hoy me levanté y comprobé que el barrio sigue en el mismo lugar, la Plaza de la Revolución tan vertical como ayer y sólo faltan algunos árboles en las inmediaciones. No tengo electricidad todavía, pero al menos así tengo una buena justificación para no quemarme mucho la vista frente a la pantalla.
Pongo a continuación un texto de Claudia, la otra persona que sostuvo el cartel con el nombre de Gorki en el concierto de la Tribuna Antimperialista y una breve cronología hecha por mí –de cinco páginas- sobre lo ocurrido entre el jueves 28 y el viernes 29 de agosto. Lamento no haber podido ser tan breve como acostumbro, la situación merece recordar los detalles.

Yoani Sánchez

De la paranoia al grito

El viernes en la noche, después de la liberación de Gorki y cuando ya nos íbamos de su casa, él le preguntó a Lía si había ido a la playa, y es que narrar los últimos cuatro días es imposible en dos horas: aun no sabía que estábamos en el tribunal desde las ocho de la mañana, que todo el sol del día nos había quemado y que después nos habían caído dos aguaceros encima…y que todos estábamos allí: los diplomáticos, la prensa y nosotros (digo nosotros porque antes algunos no nos conocíamos, éramos simplemente nosotros: los que habíamos ido).
Escribo esta nota porque quiero compartir mi experiencia en este acto de solidaridad que artistas y no artistas (como yo) hemos tenido con él y con nosotros mismos, aclarando que con artistas me refiero a plásticos, pintores y escritores, porque músicos no vi ni uno, ni al más underground de los underground.
Mis amigos me dicen la paranoica, soy la que vive con miedo, la que no abre las ventanas, la que jamás habla alto de política, le tengo miedo a la oscuridad, no voy sola después de las diez ni a la esquina. Pero nunca había tenido tanto miedo como el que tengo desde el lunes (aun no se me ha quitado).
Sin embargo, haber conocido a gente como Yoani, verla al lado mío con aquella pancarta en la mano, después de haber hablado con ella dos o tres veces por teléfono, impulsada por la fe, vernos a todos nosotros hoy apoyando a Gorki, a Ciro, a Renay y a Hebert, a mis amigos poner pie en tierra conmigo y crecerse por encima de sus miedos y sus dudas, a los amigos en el extranjero mover cielo y tierra, y haber logrado todos convertir su condena de cuatro años en cuatro días…me parece todavía un milagro.
Siento pena por aquellos que no me llamaron, que se han estado escondiendo de mí por si acaso les pedía ayuda, por los que dijeron “sí” y no llegaron, lamento que no hayan vivido la felicidad de este final, la sensación haber logrado lo inlograble.
Creo que el día de hoy marca un giro del “no se puede” al “se puede”. Hemos demostrado que las cosas pueden cambiar, que las injusticias y el abuso de poder pueden pararse y que el miedo NO es infalible.

Claudia Cadelo De Nevi

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