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En la obra de Marcel Duchamp tiene tanta importancia el acto estruendoso de introducir un urinario masculino en una galería como el extremadamente leve proceso de la acumulación del polvo sobre los tamices de El Gran Vidrio. Y es que todas sus preocupaciones lejos de contraponerse se funden, se complementan y multiplican sus significados con el paso del tiempo.
 
La provocación comenzó en 1912 con su Desnudo bajando una escalera, rechazada incluso por los Independientes de París, y lo mismo ocurrió en 1917 ante la Society of Independent Artists de Nueva York cuando presentó su Fuente, por no hablar de L.H.O.O.Q o su obra póstuma, Étant Donnés. Duchamp rompió desde el comienzo su vinculación a todo grupo artístico o tendencia, incluso fulminó la idea de obra de arte y del creador sacralizados con sus ready-mades. La vía para una nueva estética y nuevas inquietudes intelectuales había sido abierta a golpe de fuerza subversiva. Pero bajo los gestos escandalosos siempre subyace, además del sentido erótico, un sutil interés por todos aquellos hechos que escapan al sentido común y a la observación científica, lo infraleve.
 
Reproducimos aquí la nota del Transformador: “Utilización de un aparato para coleccionar y para transformar todas las pequeñas manifestaciones externas de energía (en exceso o desperdiciadas) del hombre, como por ejemplo: el exceso de presión sobre un interruptor eléctrico, la exhalación del humo del tabaco, el crecimiento del cabello y de las uñas, la caída de la orina y de la mierda, los movimientos impulsivos del miedo, de asombro, la risa, la caída de las lágrimas, los gestos demostrativos de las manos, las miradas duras, los brazos que cuelgan a lo largo del cuerpo, el estiramiento, la expectoración corriente o de sangre, los vómitos, la eyaculación, el estornudo, el remolino o pelo rebelde, el ruido al sonarse, el ronquido, los tics, los desmayos, ira, silbido, bostezos.” (1)
 
Duchamp se interesó por esas “energías perdidas”, por todos aquellos elementos que pasan desapercibidos, y sus obras están cargadas de citas a este concepto tan escurridizo y tan cercano a lo humano. Sin ánimo de teorizar ni de abarcar un todo, conjugaba en sus obras perspectivas muy diferentes. Pensemos de nuevo en la Fuente; dejado al margen el hecho de ensalzar la belleza industrial de un urinario y la carga de raíz dadaísta, Duchamp alude con un solo objeto a la posición femenina como receptáculo y al uso del mismo por parte del agente masculino. Pero no nos podemos detener ahí tras haber leído la nota; sin duda tiene la misma valoración la temática sexual que la reflexión sobre el fluir de los líquidos por la tersa superficie de la porcelana y el intercambio de las energías a partir del deseo.
 
Lo infraleve puede estar conectado a lo visual, a lo olfativo o incluso a lo táctil, puede ser un movimiento, una mirada, el paso previo a una acción, un deterioro, o la suma de todos ellos. Observemos ahora la obra Air de Paris. El aire en sí, lo atmosférico habla por sí mismo de lo infraleve, pero esta idea se ve subrayada también por su fragilidad (visual y material) y su transparencia. La transparencia como interpretación visual de lo infrafino está presente de nuevo en La mariée mise à nu par ses celibataires, même. La elección del cristal como soporte se encuentra en relación con sus propiedades ópticas y también con la luz, el color y la materia, en conjunto remite a toda nuestra capacidad sensorial. Asimismo en Rueda de bicicleta sobre un taburete, la obra necesita de la intervención del espectador para que se produzca el movimiento, de manera que los radios conformarán una imagen diferente ante nuestra mirada, de nuevo lo infraleve visible en un artefacto erotizado.
En el ámbito de lo oloroso es evidente su presencia en Air de Paris, pero también otras obras como Belle Haileine, eau de voilette juegan con esta connotación olfativa. La obra donde aparece por primera vez el rostro de su alter ego, Rrose Sélavy, evoca su perfume femenino y con los juegos de palabras implícitos en la etiqueta pone el énfasis en el olor, el tacto y la temperatura femeninos desde un punto de vista sexual.
 
Podemos hablar en otros ready-mades como Why not sneeze Rrose Sélavy? del terreno de lo táctil. Se trata de una jaula que contiene en su interior unos cubos de mármol blanco. Al margen de la burla respecto a la “frialdad” de la comitente de la obra, Dorothea Dreier, es innegable su referencia al tacto y paralelamente al sentido del gusto, puesto que las formas asemejan cubos de azúcar.
 
Así en innumerables casos, podríamos pensar en la luz de gas y el tenue movimiento de la cascada en Étant Donnés, o la energía que se transforma provocando el funcionamiento de todo el mecanismo en El Gran Vidrio, o en la proyección de las sombras de los elementos de ambos paneles.
 
La problemática de las sombras proyectadas muestra como lo infraleve es para Duchamp un modo de pasar de la segunda a la tercera dimensión, puesto que otorgaría a la obra un relieve y por otro lado crea un espacio óptico que contradice las leyes físicas. Ese es al fin y al cabo, uno de los principales intereses de Duchamp, escapar de lo científico. Pese a sus conocimientos en el ámbito de la matemática y la física y sus estudios sobre la cuarta dimensión, su actitud vital siempre fue más fuerte, y cuando utilizó sus premisas fue para relativizarlas aportando su lógica personal, donde las aparentes contradicciones se superponen sin perder su significado. Superó a través de sus complejas instalaciones el ámbito físico, pero también lo artístico desde todas sus convenciones. Además de desarrollar su visión tan personal del amor y el arte creó toda una categoría simultáneamente que arranca de nuestros instintos; lo infraleve conlleva una profunda observación, una poética francamente sugestiva que culmina en cada obra una coherencia semántica común a toda su producción.
 
__________________
 
(1) Ramírez, Juan Antonio. “Duchamp: El Amor y la Muerte, incluso.” Ed: Siruela. 1993
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