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Cada noche-madrugada el retorno a casita lu-ya-nera representa la odisea habanémica más peligrosa a desafiar.
Mis principales preocupaciones descansan en cosas tan simples como cuántos estaremos en la parada esperando el P-cosa, cuántos y no cuántas, porque a esas alturas de las horas noctámbulas no hay tantas atrevidas -embarcadas- como yo para esperar nada en las paradas solitarias sin iluminación; luego de pensar en la compañía que padeceré, está tratar de olvidar por todos los medios posibles el tiempo despilfarrado en lo que el P-cosa llegue, si es que llega; pero además de lado no puede quedar el problema fundamental de caminar sola -sin arma de ningún tipo más que algún palito inofensivo para recogerme el pelo- por la Calle, toda la trayectoria de cuadras, escasas pero eficientemente oscuras, sin tropezarme con nadie, subrayo nadie, dispuesto al “daño”. Teniendo la gran suerte de estar en medio de la noche totalmente sola, es decir, sin compañías ajenas y desagradables, cosa bastante improbable, existe la fortuna que hasta ahora me acompaña de seguir existiendo, y sin efectos postraumáticos menores que vengan al cuento más tarde.
¿Se tratará de evitar precisamente el tránsito de gente a altas horas de la noche, la cuestión por la que no pueda haber un servicio continuado de autobuses fantasmales en las calles habanémicas?
Para los jóvenes sobre todo que no viven cerca del centro vedadiense, la falta de transporte representa la mayor dificultad para un regreso “seguro”, y confiable a sus casas-celdas por lo que se limitan a no salir del barrio, y a forjarse mejor el camino a futuros delincuentes.
¿Por qué no expandir la ciudad, crear varios centros y estabilizar de una vez las rutas nocturnas?
Creo oír carcajadas cansadas: no, no estaríamos hablando de la misma Habana.
Lejos de la realidad pensada, anhelada, de que en verdad experimentábamos cambios, el cubo de agua fría se presencia y muchas veces es preferible no salir a ninguna parte, aunque mayormente la misma city te lo exige, para el bien propio.
(Además de la conocida escasez de lugares a los que acceder sin mucho dinero y sin maltratar nuestro ego cansado del mal gusto).
Estos nuevos ómnibus articulados chinos, que nada de omni poseen, rotulan en sus costados “por una ciudad mejor”, y así ruedan, de Día. También de noche, pero sólo hasta una hora prudencial, después de las doce lo que hay es LA CONFRONTA. La sola pronunciación de esta palabra produce una angustia inexplicable, un inmediato escalofrío.  
Según -la superpopstar musa de Warhol- Nico, las ciudades, mientras más derruidas, más encantadoras; mientras más infernales, más “lindas”.
Ella se refería a Berlín después del nazismo.
La destrucción de La Habana no tiene nombre, como diría la Claudia, es una cosa absurda sin precedentes históricos.
De madrugada sus calles se vuelven un desierto profundo y es lo más cercano a algo infernal que he conocido, después del clima.
Entonces mi retirada arrastrando las sandalias por las encharcadas aceras, invisibles, es el cotidiano desafío que me toca, sin esperanzas venideras.
Mi triste personita se resigna a seguir teniendo la “suerte” de llegar a salvo a mi celda y tratar de recuperar a toda costa el miserable tiempo desechado. Perdido para siempre.
 
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