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Enredos habaneros
Virgilio Piñera

Al salir del hospital tenía dos centavos en el bolsillo. Acababan de darle el alta. Estuvo dos semanas echado en una cama y comiendo más bien que mal. Comer más bien que mal, de acuerdo con la escala de valores del hambre, está por encima de “más mal que bien” y este valor se sitúa arriba de “comer mal” y éste, a su vez, precede al “no comer nada”, que, por supuesto, es más valioso que “morirse de hambre”… Las cosas salieron bastante bien, es decir, dos semanas: él hubiera deseado una larga temporada pero su cuerpo no era el único ni su hambre la única sobre el planeta. Como no lograba enfermar realmente apeló a un procedimiento expeditivo: se dio una cuchillada en el muslo. Lo hizo tan mal que la herida no fue lo grave que hubiera deseado. Herida aparatosa más que grave. Así lo dijo el estudiante que lo atendió en esa clara noche de un veinte de mayo. A sus fingidos terrores contestó con risita irónica que le quedaban por delante muchas fechas patrióticas como esa. El estudiante no era nada bobo, también era comprensivo. En su próxima visita a su “lecho de dolor” le dijo abiertamente que su plan era pasarse los más días posibles comiendo y descansando. El estudiante contestó qur le parecía excelente pero que, por desgracia, estaba por medio el asunto de las camas. La pesadilla de un hospital son las camas, no los enfermos sobre las camas. Todo cuanto podía concederle eran dos semanas. Comprendía su caso, es decir, su caso-hambre, un caso, entre paréntesis, tan importante como la lucha por el poder. Casi todos eran hijos de esta divinidad. El estudiante lo era, aunque de acuerdo con la expresada escala de valores del hambre, podía mirarlo por encima del hombro y hasta con un muslo de pollo en la mano… En verdad él luchaba a brazo partido con ella. Pero comparada su hambre con la suya, habría recibido en un concurso de hambrientos un diplomita de nada, en tanto que él, un premio en “metalicohambre”, y un diploma de “colorhambre”.
Él se las ingenió, le contó un cuento chino al médico de guardia: que si estaba al borde del shock nervioso (por supuesto, el médico de guardia nunca le puso los ojos encima), que si el corazón, que si la sangre empobrecida… Al empezar la consumición de sus dos semanas le parecía tener una cuenta bancaria por miles de pesos; una cuenta casi inagotable. Consumidas las dos semanas, parado en medio de la calle, con el hospital a sus espaldas, a su derecha un carro de frutas, a su izquierda una fila de ómnibus, un poco más allá otro hombre parado dando las espaldas a una casa, percibió que tenía todo el tiempo por delante. No el tiempo de las dos semanas pasadas en el hospital, sino el tiempo aún no revelado. Echó a andar. No huía de él, iba a su encuentro o le salía al paso. Nadie sabe nada sobre el tiempo. Pasaba en ese momento un Cadillac. La frase es correcta. Cuando pasa un Cadillac (y si es “Dorado” ya entonces todo se hace apocalíptico), no puede mencionarse al hombre que lo conduce. Un Cadillac vale más, mucho más que su conductor. Sólo tenía ojos para el Cadillac. “¿Cómo le va, señor “Cadillac”? ¡Cuidado con esa piedra! Es un placer escuchar el jadeo de su motor.” Le fascinaban esos automóviles. Lo inmovilizaban, era su esclavo y si le pidieran la vida se la daría.
Caminó dos kilómetros y se casó de escuchar: “¿No le da vergüenza con ese cuerpo pedir limosna?” Vaya a cortar caña.” La gente tiene poca imaginación. Es cierto que era vigoroso, es cierto que puede cortar caña, no menos cierto que se puede parar en la próxima esquina para que pase alguien tan miserable como él y le pida limosna y le responda las mismas cosas. Pero no se trata ahora de lo que debería hacer sino de lo que hacía, es decir, pedir diez centavos para tomar el ómnibus hasta el campamento de Columbia. Después podía poner en juego su vigor físico, cortar un millón de cañas… Esa triste gente sin imaginación alguna niega los diez centavos con tal de darse el gusto de una frase pomposa. Bien, qué le vamos a hacer, ellos son los engañados. Caminando, caminando, llegó a su destino.
El teniente Lindolfo Pérez lo recibió. Acababa de almorzar, almuerzo de teniente, se caía de puro sueño, él tenía los ojos que se le salían de las órbitas; los muy indiscretos se echaron a buscar por los todos los rincones del cuarto la comida que el teniente acababa de engullir. Bostezando le dijo el pundoroso militar que venía en mal momento, que los cuadros, que el reglamento, que las partidas asignadas, que el cupo, todo ello mezclado con pestañas y párpados semicerrados, con eructos deliciosos y relajamiento de todos sus miembros. Entonces pensó que si lograba dormirlo, a semejanza de una nodriza, con el arrorró, tendría libertad de movimientos. En efecto, acabó roncando. Pero cuán imaginativo, cuán iluso y fantasioso: sólo encontró lo que un teniente, celoso de la soberanía nacional y de la inviolabilidad del territorio, debe tener consigo. Es decir, encontró balas, pistolas dispuestas a vomitar fuego, y en lo alto, enmarcado en rojo, un óleo en verde del ejército.
Caminó hasta General Lee. Ricardo almuerza tarde. Como no lo visita a menudo será bien recibido. Además, la invitación partirá de él; no le queda otro remedio, es en extremo educado, le gustan las frases amables, da siempre la mano y hasta se inclina. No es que Ricardo desee realmente que comparta su almuerzo, sólo quiere darse el gusto de la frase, él no concibe la vida ceremonial. Le dirá: “Encantado, Ricardo, muy amable de tu parte”, y acto seguido empezará a sacar trozos de las fuentes.
Pero tenía antes que dar con la casa. Siempre le pasa lo mismo con el domicilio de Ricardo: nunca sabe si es el 110 o el 210. Se hizo un lío en la cabeza. Por supuesto, no era en ninguno de esos dos números. Y los minutos pasaban, y si llegaba después del almuerzo, Ricardo no tendría por qué dirigirle esa frase de su código social: si uno llega después del almuerzo él pone sobre el tapete el tema de la salud: “Qué bien te ves. Vas a enterrarnos a todos.”
No iba a permitir que ese almuerzo se escapara entre las manos. Ricardo es un viejo residente en General Lee, alguien tiene que conocerlo. Sin embargo, en las dos casas en que hubo de preguntar no lo conocían. Siguió hasta el 300. Escuchó que hablaban en voz muy alta en la casa de la esquina. Voces femeninas acaloradas que hacían contrapunto con la orquesta de Benny Moré sonando a toda máquina. Tocó bien fuerte, apareció una vieja y para gran asombro dijo: “¡El doctor! Rita -gritó-, está el doctor!”
-Doctor -dijo la mujer joven que respondía al nombre de Rita-, el niño está malito. Parece que tiene angina. Debe ser el cambio de aire; llegamos de SAntiago hará cosa de quince días. ¿Le avisó Pablo, no?
-Sí, señora, me avisó -contestó con una calma espantosa. Como no le convenía permanecer mucho tiempo cortó por lo sano.
-¿Dónde está el niño?
-Pase, doctor. Manolito, acá está el doctor, pórtate bien.
Manolito tendría unos diez años. Le tocó la frente: no tenía mucha fiebre. Hizo loq ue hacen todos los médicos por ilustres que sean: le miró la garganta, tenía dos enormes placas blancas; hizo como que le tomaba el pulso, puso la oreja en su corazón y sobresus pulmones. La madre, al ver su primitiva auscultación, dijo que si no le iba a poner el aparato (supuso que se refería al estetóscopo); con gran flema le respondió que el aparato se usaba con gente vieja, no con niños, cuya respiración es como un libro abierto. Finalmente, pidió lavarse las manos; ya le tenían preparada una palangana, un jabón y una toalla verde. Como los médicos se lavan las manos de manera distinta al resto de los mortales, se lavó con la afectación que ellos ponen en tal momento. Entonces se quedó pensativo. “No son anginas, señora, es sólo una gripe.” No pudo darse el gusto de un diagnóstico completo; se hubiese visto precisado a sacar un recetario que no tenía. Taatándose de una gripe podría hacer su prescripción oralmente. Esto fue lo que hizo. “Aire indirecto, sol directo, jugo de naranja y una aspirina si la fiebre sube… Volveré pasado mañana.”
-Muchas gracias, doctor, qué peso me quita de encima. Manolito es muy propenso a las anginas. ¿Cuánto le debo?
-Tres pesos, señora.
Se los metió en el bolsillo, le dio la mano y salió a la calle. Apretó el paso, salió a la calzada y al vuelo cogió un ómnibus. A los quince minutos estaba en una fonda de Dragones. Se echó a reír. imaginaba la escena entre Rita y el doctor verdadero: estupefacción, malos entendidos, cólera… Poner las cosas en claro no les iba a costar gran esfuerzo.
Con los tres pesos tiraría cuatro o cinco días. Después de nuevo el tiempo por delante. En esta ciudad de un millón de habitantes no le quedaban amigos a quienes recurrir: había cansado con sus peticiones a Juan, a Marta, a Pedro, a Silvio, a Inés… ¿Cómo encontrar amigos nuevos que no fueran a dejarlo morir de hambre? Esta noche volvería a las acostadas en los bancos del Prado. Sin embargo, pensó que cambiaría de “hotel”. No es que la piedra de los bancos fuera tan dura, siempre se vence a la piedra haciéndose más piedra que ella misma, sino que la policía se la pasa dando palos sobre los bancos para interrumpirles el sueño y comenzar con sus estúpidos interrogatorios.
Sin embargo, en este momento se siente tan satisfecho, y lo que es mucho más interesante, tan seguro. Ha comido tres platos, acaba de encender un tabaco, sopla la brisa, la ciudad entera reverbera con el sol de los vivos en tanto que el último cha-cha-cha sube por sus piernas para acurrucarse blandamente en su corazón. En momento tan sublime sólo faltaría un milagro. Por ejemplo, una mujer que lo buscara incansablemente por la ciudad, una mujer que llegara a ser no su prostituta sino su compañera, que le tendiera una mano salvadora, que lo orientara con sus millones de sentidos prácticos y que, metiéndolo de cabeza en el tiempo, lograra hacerlo nadar feliz en sus aguas.
Cuando la barriga está llena y la desesperación es mucha, en tal momento los sueños de la vida -el de la digestión y el del alma- se dan la mano y los encierran en su caja fuerte para sustraerlos a la acción corrosiva del tiempo. Tan pronto como sus efectos cesan, sus puertas se abren y de nuevo en medio de la calle. Otra vez sin un centavo, con los ojos metidos en los latones de basura, en el cemento de las aceras, en los anuncios de los periódicos y en los ojos mismos de la gente. ¿Es que no sabía mirarlos o eran ellos los que lo miraban?
1956

La cena

Como siempre sucede, la miseria nos había reunido y arrojado en el reducido espaciode los consabidos dos metros cuadrados. Allí vivíams. Sabía que no comería esa noche, pero el alegre recuerdo del copioso almuerzo de la mañana impedía bríosamente toda angustia intestinal. Tenía que hacer un largo camino, pues del Auxilio nocturno -a donde había ido al filo de las siete a solicitar en vano la comida de esa noche- a nuestros cuarto mediaban más de cinco kilómetros. Pero confieso que los recorrí alegremente. Aunque ya nada tenía en el estómago del famoso almuerzo, me acometían a ratos los más deliciosos eructos que cabe imaginar. Verdad que se iban haciendo cada vez menos intensos, pero, con todo, me ayudarían a salvar aquella abominable distancia…
Por fin llegaba, y entré a tientas a causa de la oscuridad. Me creí solo, pero un ruido, que mezclaba a cierta música la sequedad propia de una descarga, me hizo retroceder. Comencé a alarmarme, pues no podía identificar aquel ruido, no tuve tiempo de oredenar mi oído: de los tres camastros alineados junto a la ventana surgieron otros tres espantosos. Uno era como el aire que se escapa de los tubos de un órgano cuando el que lo toca abre todas las llaves del mismo; el otrose parecía a ese chillido seco y prolongado que emite una mujer frente a una rata, y el tercero podía identificarse al cornetín que toca la diana en los campamentos. Hubo una pausa, y en seguida, un murmullo se elevó en el cuarto. No entendí bien en un principio, pero pronto escuché distintamente estas expresiones: “¡Carne con papas!”, “¡arroz con camarones!”, “¡rabanitos!”, al mismo tiempo que percibía ese aletar característico de narices que aspiraban un olor próximo a desvanecerse.
En efecto, eran las narices de mis compañeros de cuarto, que tendidos boca arriba en sus respectivos camastros aspiraban el delicioso olor de esos platos nacionales. Mis ojos, ya acostumbrados a la osucuridad, podían distinguir claramente el óvalo de sus caras donde se destacaba cada nariz un punto más hacia adelante, como el general que marcha al frente de sus tropas, En verdad aquel olor excitaba el apetito provocándome a tenderme en mi yacija, pero todavía me detuve un instante para observar aquellas caras de una beatitud hace mucho tiempo desaparecida.
Un nuevo ruido me sacó de mi contemplación y corrí a mi camastro a fin de no perderme el “plato” de turno. Esta vez no se escuchó ningún sonido pero algo flotó en el ambiente, anunciándolo. No pude contener mi alegría y grité, ahogándome: ¡Empanadillas, empanadillas…!” Aquello era un festín romano: las bocas, cerradas fuertemente, semejaban ostras que hubiesen plegado sus valvas mientras cada nariz, dilatada hasta lo increíble, devoraba ávidamente empanadilla tras empanadilla. Pensé que no había tiempo que perder en reflexiones, pues a medida que el entusiasmo crecía los platos se iban multiplicando. Eran tantos, que casi resultaba imposible devorarlos cabalmente a todos. No bien habíamos puesto la nariz en una costilla clásicamente dorada cuando la aparición de un tamal en cazuela nos exigía que lo probásemos. Aquel banquete invisible tenía sus derechos. Y, además, hacía tanto tiempo que la abundancia no nos visitaba… Pero nuestras narices, manejadas sabiamente, atendían cumplidamente a cada visitante. Y el banquete no amenazaba concluir. Por el contrario, ahora eran tantos los ruidos que se escuchaban en nuestra humilde morada, que habrían tapado los de una orquesta con todos sus profesores. Por otra parte, cada nariz, creciendo gradualmente, prometía llegar al mismísimo techo. Pero no se reparaba en estas menudencias, y los platos eran devorados sin que nadie manifestase signos de hartura. Pronto la habitación fue nada más que un ruido y un olor que diez patéticas narices aspiraban acompasadamente. No importaban tales excesos, aquella noche, al menos, no pereceríamos de hambre.
1944

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One Comment

    • Angie
    • Posted octubre 29, 2008 at 1:22 pm
    • Permalink

    me encanta leerte, es como estar en un mundo paralelo. en una realidad tan diferente a la mia.
    no es mi lugar la crítica, pero la libertad incondicional no se si es tan buena, lo digo yo, claro por que la tengo. es más facil opinar cuando uno no es privado de ella.
    besos, desde rosario.
    éxitos


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